Mi sobrina

Nunca olvidaré el día de mi trigésimo tercer cumpleaños. Por varias razones. La primera porque mi hermana Alicia, Susi y mi madre me prepararon una fiesta muy especial. Fue mi primer y único cumpleaños, hasta ahora, en que conseguimos reunirnos las cuatro. Después de cenar, soplar las velas de la tarta y brindar con champán francés, comenzó la fiesta de verdad. Mi hermana, que seguía ligada a la industria del porno, aunque llevaba años más centrada en la dirección y producción de películas X en Europa que en la interpretación, me ofreció su regalo. A las doce en punto de la noche entraron en casa cuatro impresionantes actores que Alicia había escogido en un casting para su próxima película con la idea de que catásemos la mercancía antes de darles el visto bueno definitivo. Bajo las órdenes de mi hermana, aquellos cuatro hombretones de cuerpos musculosos y pollas descomunales nos follaron a las cuatro durante horas. Todas disfrutamos a tope, en mil y una posturas diferentes, tríos, dobles y triples penetraciones, … y un par de corridas de cada uno de aquellos tíos que fueron a parar, tras varios intercambios orales entre todas nosotras, a mi garganta, pues yo era la homenajeada y sólo a mí me correspondía el honor de tragarme aquel néctar de dioses.

Pero no quiero distraer la atención de la verdadera razón por la que aquel cumpleaños fue tan significativo para mí. Después de la fiestecita que antes he descrito, me quedé pensativa en el sofá del salón, con las piernas cruzadas y recostada sobre el respaldo, degustando las últimas gotas del Moët Chandon que había traído Alicia desde París para la ocasión. Mis cavilaciones se centraron, en un primer momento, en hacer balance de mi vida hasta aquel día. Había cumplido 33 años. Llevaba 17 años dedicados en cuerpo y alma al sexo y a la prostitución. Había sido la puta oficial del colegio a los 16, cuando tuve claro que mi destino en la vida era ser puta. Empecé a hacer la calle con 17. Trabajé durante años en varios burdeles. Había protagonizado, en mi breve aventura en el cine norteamericano para adultos, decenas de películas de contenido pornográfico, compartiendo cartel en varias de ellas con mi propia hermana. Había abandonado la industria del porno en mi momento más álgido, hastiada de la frialdad con que se comportaban todos en ese mundillo, para regresar a casa, con mi madre, y seguir haciendo lo que mejor sé: prostituirme. Había conseguido reencontrarme con mi único amor de adolescencia, mi compañera de aventuras colegiales, Susi; a la que convencí para que se quedara conmigo, siendo la puta que siempre deseó ser. Llevaba 17 años follando cada día, realizando los actos más viciosos y depravados que cabían en la mente humana, disfrutando de cada polla, de cada follada, de cada mamada, de cada corrida. Seguía siendo una de las putas de mayor caché de la ciudad. Mi agenda no daba abasto. A veces me sorprendía de que la gente estuviera dispuesta a pagar tanto dinero por follar conmigo, cuando mi ninfomanía y mi insaciable necesidad de sexo, me hubieran empujado a hacerlo gratis por puro vicio. Pensaba en la vida que había llevado desde aquel día en que descubrí a mi madre y a mi hermana follando en nuestra propia casa. En cómo descubrí que eran putas y cómo, poco a poco, fui entregándome sin remedio a mi destino. La única vida que imaginaba y deseaba para el futuro era esa, seguir siendo puta exactamente igual que hasta entonces, y que nunca me faltasen pollas para llevarme a la boca, al culo o al coño.

Era feliz, de eso no cabía duda. Pero ya tenía 33 años. Pensé por un instante en lo efímero de la vida, de la juventud y de de la belleza. Los años no pasaban en balde. Mi propia madre, una de las mujeres más imponentes que jamás había conocido, ya había dejado atrás los cincuenta. Aunque se mantenía impecable, gracias en parte a la cirugía plástica a la que había acudido en un par de ocasiones, los primeros síntomas de la edad habían empezado a aparecer en ella. Ya no follaba con la misma pasión y entrega que siempre, y su cartera de clientes se había reducido. Sólo mantenía a los asiduos con quienes llevaba follando durante décadas, casi por costumbre, y ya no era tan reclamada como años atrás para despedidas de soltero, grupos y fiestas. No es que el negocio familiar de prostitución que teníamos montado en casa se hubiera resentido, ni mucho menos. Susi y yo teníamos las agendas a rebosar. Recibíamos a tres o cuatro clientes diarios cada una durante la semana, y los fines de semana nos acostábamos al amanecer, después de atender a los habituales grupos de turistas que nos enviaba Nati, la madame con la que colaborábamos desde hacía años, a cambio de una pequeña comisión de nuestros emolumentos. Seguíamos haciendo trabajos a domicilio, en hoteles y restaurantes especializados en despedidas de solteros. Yo me sentía en plenitud, pero pensé en el futuro. Sabía que mi madre, poco a poco, tendría cada vez menos clientela. Era lógico. Es ley de vida. La juventud acaba imponiéndose. Y me di cuenta, con un poso de tristeza, de que a Susi y a mí nos acabaría pasando lo mismo, más tarde o más temprano. La edad no perdona a nadie.

Fue entonces cuando se me ocurrió que quizás deberíamos plantearnos el ir renovando la mercancía. Sabía que en un futuro no muy lejano mi hermana Alicia acabaría por regresar a casa y volver a sus inicios junto con nosotras, abandonando definitivamente el mundo del porno. Pero había que plantearse que Susi y yo ya teníamos 33 años, Alicia 34, y mi madre 51. Y por experiencia sé que muchos clientes demandan a chicas jóvenes para cumplir sus fantasías, esas que sus esposas no pueden satisfacer. Y ninguna de nosotras éramos ya unas adolescentes. “Quizás …”, pensé para mis adentros mientras daba el último sorbo de champán, “si encontrásemos a alguna putita joven y descarada que pudiera cubrir esa franja de edad que ya nosotras no tenemos … “.

Pero encontrar a alguien como nosotras no era tarea sencilla. Putas hay muchas, y yo he conocido a cientos, pero la mayoría lo son por dinero o por necesidad. Pocas hay como que realmente sientan la vocación tan dentro como nosotras. Recordé a varias fulanas con las que había compartido tantas y tantas noches en burdeles de carretera, camelando a los clientes para que se subieran a las habitaciones con nosotras. Las había muy buenas y muy profesionales. Con algunas había vuelto a coincidir en alguna orgía organizada por políticos y personajes de alta alcurnia. Recordé a Adina, una rumana de curvilínea figura, ojos azul cielo y melena negra azabache; capaz de follar durante horas por todos los agujeros y de devorar pollas de dos en dos como si la vida le fuera en ello. Y me acordé de Amanda, una colombiana de piel dorada, tetas siliconeadas y unas caderas que podrían resucitar a un muerto. Y de Sara, una sevillana de ojos verdes y boca enorme, entre cuyas tetas había visto hacer las cubanas con mayor frenesí y energía de mi vida. Cualquiera de ellas, o de otras muchas con quienes he compartido burdeles, fiestas y momentos inolvidables de sexo al límite, podrían haber encajado en el tipo de puta ninfómana que estaba buscando. Pero ninguna de ellas tenía la edad requerida. Todas eran incluso mayores que yo, pues las había conocido en mis primeros años, cuando alternaba en puti-clubs de las afueras de la ciudad. Descarté, por tanto, esa posibilidad.

Por otra parte, sabía que la solución tampoco era pedirle a Alicia que nos facilitara algunos nombres de actrices porno jóvenes y emergentes. Estuve metida en esa industria y, como pasa en la prostitución, la inmensa mayoría sólo buscan dinero fácil. No era eso lo que buscaba, sino una chica joven, bien parecida, que realmente desease entregar su vida al sexo, que le desbordase esa pasión por ser puta que yo sentía cuando tenía 16 añitos.

Mis esperanzas de que la tradición familiar continuase estaban depositadas en Bárbara, la hija que mi hermana había parido cuando tenía 19 años, y a la que había ocultado a qué nos dedicábamos en la familia. Yo era partidaria de que la niña supiese la verdad desde pequeñita, que fuese asimilando como algo normal que su madre, su tía y su abuela eran putas. No veía por qué motivo había que ocultárselo, pero Alicia mantenía que era mejor que no supiese nada para no condicionarla desde su más tierna infancia. En realidad, era lo que mi madre había hecho con nosotras, ocultarnos que era puta hasta que, llegada cierta edad, ambas lo descubrimos por nosotras mismas. Alicia decía que su niña podía ser lo que quisiera, que no debía ser puta sólo por continuar con la tradición familiar. Decía que si, como nos pasó a nosotras antes, Bárbara un día descubría la verdad y decidía dedicarse a follar por dinero, sería el día más feliz su vida, pero que debería decidirlo por ella misma. Era lo que siempre nos contó mamá, que deseó durante años con todas sus fuerzas que sus niñas quisiésemos seguir sus pasos, pero que era algo que debíamos elegir libre y voluntariamente.

Por esa razón, Alicia y yo nos mudamos al piso del barrio de Chamberí (en el que hice la orgía con los lectores de Todorelatos hace años) que compré con mis primeros ahorros. Allí no recibíamos clientes y compenetrábamos nuestras apretadas agendas para que siempre una de las dos estuviese con la niña. Esto duró hasta que Bárbara, a la que siempre hemos llamado Baby, cumplió cinco añitos y Alicia decidió enviarla a un internado de monjas en Ávila, precisamente para apartarla del círculo en que nos movíamos e impedir que recibiese influencias y condicionamientos que pudiesen enturbiar su futuro. Mi hermana quería evitar a toda costa que a tan temprana edad viese a su madre, a su tía o a su abuela, mamando pollas y follando como las perras viciosas que somos.

El padre de Bárbara, según me contó mi hermana, era un cliente polaco, obrero de la construcción, que había estado yendo por casa unos dieciséis años atrás. Se llamaba Kamil. Era un tipo enorme, de casi dos metros de estatura y más de 100 kilos de peso. Rubio y con los ojos azules, apenas si balbuceaba alguna palabra en castellano. Por aquella época yo repartía mi tiempo como prostituta entre un burdel al que acudía los fines de semana, una rotonda del polígono de las afueras de la ciudad en que solía estar otro par de noches, y la clientela que recibíamos en casa; de ahí que no pueda concretar exactamente con qué frecuencia Kamil reclamaba los servicios de Alicia, aunque sí recuerdo verlo al menos un par de veces a la semana, siempre en días laborables. Nunca pidió expresamente tirarse a Alicia, sino que yo misma lo atendía si mi hermana estaba ocupada, pero es cierto que si ella estaba disponible, la prefería antes que a mamá o a mí. Recuerdo que no pedía fetichismos ni cosas especiales, sino que venía directo al grano, a meter en caliente, descargar y largarse. Tenía una polla acorde con su envergadura, grande y gorda, que resultaba bastante excitante chupar y meterse en el coño o en el culo. De las veces que estuve con él, unas seis o siete por lo menos, recuerdo que le gustaba follarme a cuatro patas, por detrás, metiéndomela indistintamente por el chumino o por el ojete, sujetándome por las caderas y empujando con verdadera violencia sobre mis generosas posaderas. Se comportaba de forma ruda, sin ninguna delicadeza. No recuerdo que me acariciase o que me besase, ni siquiera que me chupase las tetas o el coño, sino que se limitaba a buscar cualquiera de mis agujeros para meter su rabo dentro. Follaba sin delicadeza, en silencio, sin apenas gemir o esgrimir palabra alguna. Cuando se corría, se vestía rápidamente y sin mediar palabra, pagaba y se marchaba casi sin despedirse, con un escueto “adiós” o un “hasta luego” con marcado acento del Este. Alicia, cuando me confesó que era el padre de Bárbara, me contó que con ella sí se mostró algo más delicado y cariñoso, aunque no mucho.

Poco más recuerdo del padre de mi sobrina Bárbara. Un buen día dejó de aparecer por casa, apenas si recuerdo cuándo. Sólo sé que no volvió por allí y que nunca más lo he visto. Quizás regresó a su país de origen o simplemente se cansó de ir a nuestra pequeña casa de citas familiar y cambiar de aires. De esto hace más de quince años, la edad que ahora tiene Bárbara. Según me contó después mi hermana, llegó a follar con él estando ya embarazada de varios meses. Sin embargo, no sólo nunca sospechó absolutamente nada sobres su paternidad, sino que ella jamás tuvo la intención de hablarle de su embarazo. Asegura que lo escogió, que puso especial empeño en quedarse preñada de él. “Si tengo un niño”, me decía durante su embarazo, “quiero que sea alto y fuerte, como Kamil. Y si es una niña, que sea rubia y con los ojos claros”.

Alicia no dejó de prostituirse cuando el embarazo se hizo evidente. Yo misma pensé que cuando la panza empezase a engordar, su clientela disminuiría. Pero me equivoqué. A muchos clientes les daba especial morbo follar con una puta en avanzado estado de gestación, circunstancia que motivó que no parase de trabajar prácticamente hasta el día del alumbramiento. Incluso siguió participando en algunas orgías, despedidas de soltero y fiestas en grupo junto con mamá y conmigo. Recuerdo especialmente una, con Don Alfredo (el director del colegio donde Alicia y yo habíamos estudiado, y donde nos iniciamos en la profesión) y tres de sus amigos del Consejo de Educación y Cultura. Alicia estaba de seis meses. Sus tetas, ya de por sí grandes, habían aumentado aún más su tamaño, y sus pezones desafiaban la gravedad más que nunca. Sus caderas habían ensanchado y su trasero, que nunca había sido especialmente respingón, se había convertido en un pandero redondo y carnoso donde apetecía meter la cara y perderse. Disfrazadas de colegialas por expresa petición de Don Alfredo, habíamos estado mamando las pollas de todos ellos para “calentar motores” antes de empezar a follar a diestro y siniestro.

Recuerdo que la abultada panza de mi hermana ya no le permitía realizar algunas de las posturas acrobáticas que tanto nos gustaba hacer cuando entrábamos en acción. Por eso, mientras Don Alfredo me sostenía en brazos con la polla metida en mi coño y otro de los tipos me daba por culo al tiempo que me apretaba las tetas y me besaba el cuello, Alicia debía contentarse con ser follada a cuatro patas por uno de ellos mientras se la chupaba a otro. El tipo que me daba por el culo, un gordinflón de avanzada edad y calva reluciente, que se había presentado como Delegado de la Junta de Clasificación Escolar, apenas si podía seguir el ritmo que Don Alfredo me estaba dando por delante, motivo por el que la doble penetración estaba resultando un tanto desastrosa. Comprendí que al citado Delegado había que “despacharlo” cuanto antes para que el resto pudiésemos seguir con la orgía a nuestro acostumbrado nivel de perversión y lujuria. A Don Alfredo ya lo conocíamos y los otros dos, que en ese momento se cepillaban a mi hermana, parecían bastante más hábiles con su polla que el citado Delegado. A pesar de mi incómoda postura, sostenida en vilo por Don Alfredo, sabía cómo hacer para acelerar la corrida del miembro que ocupaba mi trasero. Apreté el esfínter para que las torpes embestidas del Delegado resultaran más placenteras, pretendiendo ordeñarle con mis habilidades anales. El tipo comenzó a jadear mientras me susurraba al oído:

- Niña viciosa … ahhh … ohh … qué culo tienes, zorra … me voy a correr, zorra de mierda … ooooh, ooooh, ooooh … - susurraba con sus manos aferradas a mis tetas, su sudorosa calva en mi nuca y su peluda barriga en mi espalda - … ahhh … me voy a correr en tu puto culo.

- Para eso lo tengo, Señor Delegado – dije con tono descarado, comprimiendo aún más ni ano para acelerar su estallido final – Pero puede correrse donde más le apetezca.

- ¿Ya te vas acorrer, Amancio? – preguntó sorprendido Don Alfredo por la prontitud del orgasmo de su compañero – Si esto no ha hecho más que comenzar. A estas putitas aún hay que darlas mucha caña …

- Me hubiera gustado follarme a la preñada pero … ¡ahhhh! – exclamó el Delegado deteniendo sus torpes embestidas y disparando su semen, cuyo calor húmedo sentí en el interior de mi trasero.

- ¿Ya se ha corrido, Carol? – preguntó mi hermana, aún a cuatro patas.

- ¡Sí! – respondí mientras notaba cómo la picha del Delegado se deslizaba fuera de mí.

- ¡No desperdicies esa leche, hermanita! – me aconsejó Alicia.

- Si la quieres, la guardaré para ti en mi culo – respondí al tiempo que sacaba la polla de Don Alfredo de mi chumino y me bajaba de sus brazos.

- ¡Claro que la quiero! ¡Estoy sedienta! – exclamó Alicia deshaciendo su postura a cuatro patas y tumbándose boca arriba sobre el sofá – ¡Ven! Siéntate en mi cara y deja que esa lefa resbale desde tu culo hasta mi boca.

- ¡Buena idea! – asentí ante al atenta mirada de los cuatro. Una vez que hube adoptado la postura en cuestión, relajé el esfínter para permitir que la recién exprimida leche del Delegado chorrease sobre la cara de mi hermana.

- ¡Ven con mami, lefita mía! – exclamó Alicia al advertir el grumo pastoso resbalando desde mi intestino grueso – ¡Gluuuuurp!

- ¡Traga, hermanita, traga! ¡Sacia tu sed! – dije mientras el semen seguía chorreando entre mis nalgas – Y ahora, limpia bien mi culito de las últimas gotas de lefa! – ordené con gesto vicioso mientras le guiñaba el ojo a Don Alfredo, acostumbrado desde nuestra etapa colegial a ver escenitas como aquella.

- ¿Qué os dije? – preguntó Don Alfredo a sus acompañantes – Son dos putitas muy viciosas – concluyó con gesto orgulloso por poder ofrecerles a dos jovencitas tan guarras y pervertidas para su disfrute en exclusiva.

- ¡Jamás había visto nada igual! – exclamó uno de ellos, acercando su polla tiesa a mi cara – ¡Venga, nena … ahora te toca a ti! A ver si entre todos logramos hacerte una panza como la de tu hermana.

A continuación, me dediqué a mamar la polla que segundos antes había estado en el sagrado agujero de mi hermana embarazada de seis meses, mientras el otro tipo me la metía en el coño. Don Alfredo pidió a mi hermana que le hiciera una cubana, al tiempo que alababa el tamaño de las mismas. El Delegado, sofocado y sudoroso, se había desplomado sobre uno de los sillones, y contemplaba la escena con la incredulidad de quien es incapaz de concebir que dos jovencitas como nosotras pudieran ser tan sumamente viciosas. De pronto, noté algo particular en aquel rabo que me estaba comiendo. Sabía distinto. Conocía perfectamente el gusto que dejaba en una polla el chocho de mi hermana cuando era follado. Pero aquel sabor era diferente, era peculiar. Pero delicioso. Me di cuenta de que era su avanzado estado de gestación el que provocaba que sus flujos tuviesen ese regusto especial; y me invadió un irrefrenable deseo de meter la cara entre las piernas de mi hermana y comerme el chocho que pariría a mi sobrina apenas tres meses después.

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